Todos estaban viendo la misma pantalla… pero nadie estaba viendo el mismo partido
Ojo…..
Esta semana viajé a la Ciudad de México para impartir un taller sobre un tema que me apasiona: “Ser incómodo es el nuevo liderazgo”. Como era de esperarse, el Mundial estaba por todos lados. Bastaba entrar al aeropuerto para encontrar una pantalla rodeada de personas. Algunos apenas acababan de llegar de un vuelo, otros esperaban abordar y varios simplemente habían encontrado un buen pretexto para hacer más ligera la espera.
Yo terminé haciendo exactamente lo mismo.
Me quedé unos minutos viendo el partido con un grupo de completos desconocidos y, mientras observaba las reacciones de la gente, me llamó la atención algo que nunca había pensado.
Todos estábamos mirando exactamente la misma pantalla, siguiendo la misma jugada y celebrando el mismo gol. Sin embargo, después de unos minutos entendí que ninguno de nosotros estaba viendo el mismo partido.
Frente a mí había un señor que sonreía cada vez que la cámara enfocaba la tribuna. No sé por qué, pero imaginé que quizá estaba recordando aquellos domingos cuando veía los partidos con su papá en una televisión de esas que había que golpear de vez en cuando para que regresara la imagen.
Un par de filas más adelante, un joven traía puesta una camiseta de Rafa Márquez. Estoy casi seguro de que, mientras veía jugar a esta selección, inevitablemente la comparaba con aquella generación que le hizo creer que México podía competir contra cualquiera.
A unos metros había dos amigos que parecían mucho más interesados en bromear entre ellos que en el partido. Apenas levantaban la vista cuando todo el aeropuerto gritaba un gol. Para ellos, el Mundial era simplemente la excusa perfecta para compartir un rato juntos.
Y también estaba una pareja que preguntaba constantemente qué era un fuera de lugar. Probablemente era su primer Mundial, pero eso no parecía impedirles disfrutarlo. A veces la emoción colectiva termina siendo mucho más importante que entender las reglas del juego.
Fue entonces cuando caí en cuenta de algo que, curiosamente, también veo todos los días en las empresas.
Muchas veces entramos a una sala de juntas convencidos de que todos vamos a salir con el mismo mensaje. El director prepara la presentación, explica la estrategia con claridad, responde algunas preguntas y termina la reunión con la tranquilidad de haber comunicado exactamente lo que quería comunicar.
Lo interesante ocurre cuando la puerta de la sala se cierra.
Mientras unos salen motivados porque ven una oportunidad de crecimiento, otros regresan preocupados pensando que vienen cambios difíciles. Hay quien interpreta que la prioridad cambió por completo y quien está convencido de que todo seguirá exactamente igual. Incluso existe esa persona que pasó toda la reunión intentando resolver un problema personal y apenas recuerda la mitad de lo que se dijo.
La reunión fue la misma para todos.
La historia que cada uno construyó fue completamente distinta.
Durante muchos años pensé que comunicar consistía en encontrar las palabras correctas. Con el tiempo descubrí que esa era apenas una pequeña parte del trabajo. Las personas nunca escuchamos únicamente lo que alguien dice; escuchamos desde nuestra historia, desde nuestras experiencias, desde aquello que nos salió bien, desde lo que nos dolió y hasta desde el estado de ánimo con el que llegamos esa mañana a la oficina.
Por eso dos personas pueden recordar una misma conversación de maneras completamente opuestas y, aun así, ambas estar convencidas de que entendieron perfectamente.
Desde entonces cambié una costumbre que tuve durante muchos años. Dejé de terminar mis reuniones preguntando si todo había quedado claro.
Descubrí que esa pregunta casi siempre obtiene la misma respuesta, aunque nadie haya entendido lo mismo.
Ahora prefiero preguntar algo mucho más incómodo:
¿Qué entendiste tú?
Esa simple pregunta me ha permitido descubrir que, igual que en aquel aeropuerto, todos estamos viendo la misma pantalla, pero cada persona está viviendo un partido diferente.
Quizá por eso comunicar nunca ha consistido únicamente en hablar bien. Comunicar implica entender desde qué historia escucha la otra persona y aceptar que, antes de intentar convencerla, primero tienes que comprender el partido que está jugando en su cabeza.
Creo que esa es una de las diferencias más profundas entre un Gerente Común y un líder Incómodo. El primero supone que todos escucharon el mismo mensaje. El líder Incómodo entiende que cada persona necesita encontrar su propia manera de conectar con él.
Reflexión incómoda
La próxima vez que salgas de una reunión convencido de que fuiste muy claro, no te preguntes si hablaste mejor que la vez anterior. Pregúntate algo mucho más útil
¿todos entendieron lo mismo o simplemente todos fueron demasiado educados para decirte que interpretaron algo distinto?
Porque, al final, liderar nunca ha consistido en hablar para que todos escuchen. Liderar consiste en lograr que personas con historias completamente diferentes decidan caminar hacia el mismo destino.
Mario Elsner
“Ser Incómodo es el NUEVO Liderazgo”
Cada semana comparto historias como esta, nacidas de escenas cotidianas que terminan enseñándome algo sobre personas, equipos y negocios. Si disfrutas mirar el mundo desde una perspectiva diferente, creo que esta newsletter también te va a gustar.
📘 Si liderar se siente más difícil de lo que debería…
Hay una razón.
A la mayoría de nosotros nos enseñaron a trabajar.
Nos enseñaron a cumplir.
Nos enseñaron a ejecutar.
Pero nadie nos enseñó qué hacer cuando un equipo depende de nosotros, cuando debemos tomar decisiones impopulares o cuando descubrimos que dirigir personas es mucho más complejo que administrar tareas.
Por eso escribí De Jefe a Líder Impactante.
No para compartir teorías.
Sino para compartir los aprendizajes que me hubiera gustado recibir cuando me dieron mi primera responsabilidad de liderazgo y descubrí algo que sigo creyendo hasta hoy:
Nadie nos enseña a estar a cargo.
Si quieres liderar con más claridad, generar mejores resultados y construir equipos sin desgastarte en el proceso, quizá este libro pueda ahorrarte algunos de los errores que yo tuve que aprender por las malas.

