Te vas de vacaciones… pero no sabes descansar.
Ojo…..
Hay algo que casi nadie dice en voz alta:
los buenos líderes no es que no puedan salir de vacaciones…
es que cuando salen, no se van realmente.
Se llevan el celular. Se llevan la presión. Se llevan la culpa.
Y lo más incómodo es esto:
no es casualidad.
Es un sistema que tú mismo ayudaste a construir.
Un sistema que ya se acostumbró a que estés disponible.
A que respondas. A que resuelvas.
Por eso te escribe tu jefe.
Te busca tu equipo.
Y si hace falta… hasta recepción sabe que “tú siempre contestas”.
Se vuelve normal.
Se vuelve esperado.
Se vuelve… tu rol.
Y no, este texto no va a cambiar en cinco minutos algo que llevas años construyendo.
No te voy a enseñar a “desconectarte”.
Pero sí quiero que entiendas algo más profundo:
Por qué no puedes soltar… aunque físicamente no estés trabajando.
y te lo cuento con esta historia.
Me casé el 6 de enero por lo civil.
Y el 13 por lo religioso.
No por romanticismo. Por logística.
Porque en ese momento de mi vida… no podía salir de vacaciones antes.
Trabajaba en una compañía de pilas.
Área de ventas.
Y existía una regla que nunca estuvo escrita… pero todos entendíamos:
de octubre a enero, nadie se iba.
Porque el Día de Reyes —al menos en México— es el día donde más pilas se venden en todo el año.
Un solo día.
Imagínate el nivel de presión.
Así que nos quedábamos.
Siempre.
Pasaba enero… y cuando por fin podías respirar un poco, venía el siguiente ciclo.
Bronceadores.
Hawaiian Tropic.
Banana Boat.
Y entonces tampoco podías salir en Semana Santa.
Porque otra vez… temporada alta.
Y así me la pasé casi diez años.
Si bien me iba, salía en enero…
o en mayo.
Pero ese no era el verdadero problema.
El problema no era cuándo salía.
Era cómo salía.
Porque cuando por fin llegaban las vacaciones… yo no me iba.
Me llevaba todo conmigo.
La computadora. El celular. Los pendientes.
El primer día estaba conectado.
El segundo… intentando soltar.
Para cuando medio me desconectaba… ya era hora de regresar.
Y durante todo ese tiempo había algo constante:
esa sensación incómoda de estar lejos… pero no ausente.
De no estar produciendo.
De no estar “al pendiente”.
De no estar controlando.
Hoy lo entiendo con mucha más claridad.
No era la empresa.
No era la industria.
No era el director jurásico.
Era yo.
Porque nunca aprendí a delegar.
Como buen líder impostor, me enfoqué en corregir, en decir, en supervisar…
pero no en desarrollar.
No en construir un equipo que pudiera operar sin mí.
Y por eso, aunque saliera de vacaciones…
nunca me fui sin culpa.
Esto le pasa a muchos más líderes de los que imaginamos.
Delegamos mal… pero creemos que delegamos.
Encargamos tareas.
Damos instrucciones.
Pedimos seguimiento.
Pero en el fondo seguimos controlando.
Porque hay miedo.
Miedo a que no salga perfecto.
Miedo a que algo falle.
Miedo a que nos veamos mal.
Y como no hay metodología…
terminamos atrapados en un rol muy cómodo… pero muy caro:
el del líder que todo lo revisa.
El del líder que todo lo corrige.
El del líder que “si no está, no funciona”.
Y eso no es liderazgo.
Eso es dependencia.
Por eso en Elsner Leader Lab trabajamos algo que cambia todo:
cómo dejar de delegar tareas…
y empezar a transferir responsabilidad real.
Porque hasta que no construyes un equipo que puede operar sin ti…
no tienes vacaciones.
Tienes traslados con WiFi.
Pero bueno…
si para ti descansar es cambiar la oficina por la playa
y seguir contestando mensajes con los pies en la arena,
vas bien.
Muchos líderes hacen eso.
Viajan mucho.
Descansar… casi ninguno.
Mario
PD
Si no puedes soltar tu trabajo por una semana… no tienes un equipo. Tienes asistentes con sueldo. Y eso no escala… aunque tú sí te canses.

