Solo pasa la curva
a veces solo es cuestión de esperar
Viajábamos los tres Marios: mi papá, mi abuelo y yo.
Íbamos de Chetumal a la Ciudad de México en carretera, turnándonos el volante, con un coche lleno de maletas, cobijas, tamales envueltos y ganas de ver a los amigos de la generación de mi papá.
Yo tendría unos trece años, pero ya me sentaba adelante.
Siempre fui muy inquieto, así que cada hora pedía parar en la gasolinera o en la tiendita del camino. Y mi papá siempre decía lo mismo:
—Aguántate, hijo. Solo pasa la curva.
—¿Cuál curva?


