No me traicionaron por confiar. Me traicionaron por callar.
Lo que más rompe una relación casi nunca es una gran traición. Es una conversación pequeña que decidimos posponer demasiadas veces.
Ojo…..
Hace unos días estaba tomando un café con alguien que no veía desde hacía tiempo.
Todavía no terminábamos de sentarnos cuando soltó una frase que seguramente todos hemos escuchado alguna vez: “No sabes lo que me hizo”. No hizo falta que me explicara demasiado para imaginar por dónde venía la historia. Podía tratarse de un socio, de un jefe, de un cliente o de un colaborador; en realidad daba igual, porque esas historias casi siempre cambian de protagonistas, pero muy pocas veces cambian de argumento.
Mientras hablaba preferí escuchar. Me contó que se había sentido traicionado, que le habían incumplido acuerdos, que se habían aprovechado de su confianza y que jamás imaginó que esa persona fuera capaz de hacer algo así.
Conforme avanzaba la conversación entendía perfectamente su enojo y, si soy honesto, creo que cualquiera sentado en mi lugar habría terminado dándole la razón.
Sin embargo, hubo un momento en que me nació hacerle una pregunta muy simple.
—¿Fue la primera vez que hacía algo así?
La respuesta no llegó de inmediato. Se quedó unos segundos viendo la taza de café y entonces empezó a recordar cosas que hasta ese momento parecían no tener importancia.
Me dijo que no, que en realidad ya antes le había quedado mal en algunos compromisos, que varias veces había llegado tarde, que había incumplido acuerdos pequeños y que incluso había hecho comentarios que desde hacía tiempo le incomodaban.
Mientras hablaba, me di cuenta de que la historia estaba cambiando de lugar. Ya no estábamos hablando de una traición. Estábamos hablando de una larga colección de pequeñas concesiones.
No recuerdo exactamente qué palabras utilicé, pero la idea fue más o menos esta:
Quizá el problema no empezó el día de la traición; quizá empezó el día que decidiste dejar pasar la primera falta de respeto porque parecía demasiado pequeña para convertirla en una conversación incómoda.
…Mientras regresaba a casa seguía dándole vueltas a esa conversación. Pensaba en la cantidad de relaciones laborales, sociedades e incluso amistades que he visto romperse durante estos años y, entre más las repasaba, menos convencido estaba de que la gran traición hubiera sido el verdadero punto de quiebre.
Cada vez creo más que la traición solo hace visible un problema que llevaba mucho tiempo creciendo en silencio. Es el momento en que todo explota, pero rara vez es el momento en que todo empezó.
Lo que empezó mucho antes fue una conversación que nunca ocurrió.
Un límite que decidimos no poner.
Un comportamiento que justificamos.
Una promesa incumplida que preferimos minimizar porque pensamos que hablarlo sería exagerado.
Quizá ahí está una de las mentiras más caras que nos dejó la Escuela Jurásica. Nos enseñaron que un buen líder debía evitar los conflictos, cuando muchas veces el verdadero liderazgo consiste precisamente en tener el valor de entrar en ellos antes de que sea demasiado tarde. No para ganar una discusión, sino para proteger la relación antes de que empiece a deteriorarse.
Después de más de veinticinco años dirigiendo equipos, cada vez estoy menos convencido de que los grandes líderes sean los que mejor resuelven conflictos. Empiezo a pensar que son los que detectan las pequeñas señales cuando todavía parecen insignificantes y tienen el coraje de hablar de ellas aunque resulte incómodo.
Porque poner un límite no siempre rompe una relación.
Muchas veces es exactamente lo que la salva.
Y quizá por eso llevo tanto tiempo insistiendo en la misma idea. Ser incómodo no significa convertirse en una persona dura, fría o conflictiva. Significa dejar de posponer las conversaciones que sabes que tarde o temprano tendrás que tener. Significa entender que el respeto rara vez desaparece de un día para otro; normalmente se va erosionando en silencio mientras todos fingimos que no pasa nada.
Esa, al menos para mí, es la diferencia entre un líder que administra problemas y un líder que los previene.
Y sospecho que ese será uno de los grandes retos del liderazgo en los próximos años. No aprender a tener conversaciones difíciles, sino dejar de creer que evitarlas protege a las personas.
Porque, al final,
“El liderazgo incómodo no consiste en generar conflictos.
Consiste en tener el valor de enfrentar los pequeños antes de que se conviertan en los grandes.” LIDERAZGO SIN FILTRO M. Elsner
Esa es la conversación que quiero seguir teniendo cada semana contigo. No para darte respuestas, sino para cuestionar juntos esas reglas del liderazgo que durante años dimos por ciertas y que quizá ya dejaron de funcionar.
Porque, al final, nadie nos enseñó a estar a cargo.
Y precisamente por eso creo que ser incómodo es el nuevo liderazgo.
Mario ElsnerSoy Mario Elsner. - Te acompaño al siguiente nivel.
Vamos juntos a revolucionar tu liderazgo. 🔥
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Porque transformar organizaciones empieza cuando nos atrevemos a hacer preguntas que la mayoría prefiere evitar.


