México ganó. y ese es el mayor problema de Nuestro Liderazgo
El liderazgo latinoamericano en 90 minutos
Ojo…..
Mientras veía las imágenes del Ángel de la Independencia lleno, de la Minerva convertida en una fiesta y de miles de personas celebrando en las calles, pensaba que pocas cosas siguen teniendo la capacidad de unir a un país como el fútbol.
Y la verdad, lo entiendo.
Vivimos en una época donde abundan las razones para preocuparse y escasean las razones para celebrar. Quizá por eso una victoria de la selección termina convirtiéndose en algo más grande que un simple resultado deportivo. Durante unas horas dejamos de discutir, dejamos de polarizarnos y encontramos algo en común.
Lo que realmente captó mi atención no fue el partido, sino la conversación que apareció después en Tercer Grado Deportivo. Mientras el país entero celebraba la victoria, los comentaristas discutían algo mucho más interesante que el marcador.
La pregunta no era si México había ganado, porque eso estaba fuera de debate. La pregunta era si el resultado era suficiente o si también importaba la manera en que se había conseguido.
La mayoría defendía una postura bastante pragmática. Los mundiales no entregan puntos por estética. Lo único que cuenta es avanzar. Después de todo, la historia suele recordar a los ganadores mucho más que a quienes jugaron bonito.
Y siendo honestos, es difícil argumentar contra eso.
Los resultados importan.
Siempre han importado.
Sin embargo, mientras escuchaba el intercambio de opiniones, me di cuenta de que la conversación más interesante estaba ocurriendo por debajo de la superficie.
Porque en realidad no estaban hablando de fútbol.
Estaban hablando de algo que veo constantemente en organizaciones, empresas e incluso países enteros: nuestra obsesión por resolver el presente mientras seguimos posponiendo la construcción del futuro.
Quizá por eso hubo una frase que se me quedó dando vueltas.
Marion Reimers comentó algo que escuchamos constantemente cuando hablamos de la selección mexicana:
“Es lo que hay.”
Y en cierto sentido tiene razón.
Después de años de cambios de entrenadores, proyectos interrumpidos, decisiones de corto plazo y generaciones que nunca terminaron de consolidarse, sería ingenuo esperar que un técnico llegue y transforme todo de la noche a la mañana.
Pero mientras escuchaba esa conversación no podía dejar de pensar que el verdadero tema tampoco era Aguirre.
De hecho, probablemente es uno de los mejores bomberos que podríamos tener.
Porque eso es precisamente lo que hace bien. Llegar cuando las cosas están complicadas, ordenar el caos, recuperar disciplina, estabilizar el entorno y conseguir resultados en escenarios donde otros fracasan.
Lo ha hecho durante años.
Y precisamente por eso me parece que la discusión importante no es si Aguirre es bueno o malo.
La pregunta incómoda es otra.
¿Por qué seguimos necesitando a alguien como Aguirre?
Porque cuando una organización necesita rescates constantes, normalmente el problema no está en la calidad del rescatista.
El problema suele estar en todo lo que ocurrió antes de que apareciera el incendio.
Durante años hemos escuchado que no hay talento suficiente, que no aparecen jugadores, que otras selecciones nos rebasan física, técnica o mentalmente. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a cuestionar por qué sucede eso.
Porque el talento no aparece por generación espontánea.
Tampoco desaparece por accidente.
Detrás de los países que consistentemente producen jugadores de alto nivel suele existir algo mucho menos visible que una estrella o un entrenador brillante. Existe una filosofía compartida, una forma de jugar reconocible, una estructura de desarrollo y una visión que permanece incluso cuando cambian los nombres.
España tardó años en construirla.
Alemania reconstruyó la suya después de tocar fondo.
Japón lleva décadas trabajando sobre un objetivo que durante mucho tiempo pareció una fantasía: convertirse algún día en campeón del mundo.
Y mientras ellos invertían décadas construyendo una identidad, una forma de jugar y una estructura capaz de producir talento generación tras generación, nosotros seguíamos buscando quién sería el próximo que nos sacara del problema. El siguiente entrenador, el siguiente goleador o el siguiente líder terminan convirtiéndose en la esperanza de un sistema que nunca termina de consolidarse.
Lo curioso es que en las empresas latinoamericanas solemos repetir exactamente el mismo patrón.
He conocido directores extraordinarios capaces de rescatar operaciones completas en cuestión de meses. Personas que toman equipos desgastados, culturas deterioradas y resultados catastróficos para devolverles estabilidad en tiempo récord. Son admirables y suelen convertirse en referentes porque logran lo que parece imposible.
El problema es que muchas veces terminamos celebrando tanto el rescate que dejamos de preguntarnos por qué la organización llegó a necesitarlo.
Nos enfocamos en el trimestre que se salvó y olvidamos los años en los que no se desarrolló talento.
Reconocemos al líder que cargó con el peso de todo el negocio y dejamos de cuestionar por qué el negocio dependía de una sola persona.
Admiramos la capacidad de reacción, pero rara vez analizamos la ausencia de construcción.
Y quizá ahí está una de las diferencias más importantes entre las organizaciones que trascienden y las que viven apagando incendios.
Las primeras entienden que los resultados son importantes, pero también entienden que los resultados son una consecuencia. Por eso invierten años formando personas, desarrollando liderazgo, construyendo cultura y creando entornos capaces de producir resultados de manera consistente.
Las segundas viven atrapadas en la urgencia. Siempre están buscando quién resolverá el siguiente problema, quién rescatará el siguiente trimestre o quién cargará con el peso que el sistema nunca aprendió a distribuir.
Por eso la conversación que me dejó la victoria de México no tiene que ver con fútbol.
Tiene que ver con liderazgo.
Porque los héroes son necesarios.
Siempre lo serán.
Toda organización necesita personas capaces de responder cuando las cosas se complican.
La diferencia es que las organizaciones más exitosas utilizan a sus héroes para acelerar el futuro.
Las demás los utilizan para compensar un futuro que nunca construyeron.
Y quizá por eso seguimos admirando tanto a los bomberos.
Porque todavía no hemos aprendido a celebrar a quienes construyen los sistemas que evitan los incendios.
Soy Mario Elsner.
Te acompaño al siguiente nivel de los negocios.
Y si te gustan estas conversaciones incómodas sobre liderazgo, negocios y la realidad detrás de los resultados, te invito a seguirme en YouTube o Spotify y formar parte del movimiento de Liderazgo Incómodo.
Porque transformar organizaciones empieza cuando nos atrevemos a hacer preguntas que la mayoría prefiere evitar.
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