El salón estaba casi vacío cuando presenté mi libro. Y fue lo mejor que me pudo pasar
Nos gusta pensar que cuando hacemos las cosas bien… la respuesta va a ser grande.
Más gente. Más aplausos. Más validación.
Pero liderar también implica entender algo incómodo:
no siempre te va a ir bien… y aun así tienes que aparecer como si sí.
Y más importante aún:
no siempre se trata de recibir.
A veces se trata de dar… incluso cuando duele.
Presenté mi libro en la Feria del Libro de Yucatán. (FILEY 2026)
Me asignaron un salón para más de 300 personas.
Se sentía importante.
Se veía importante.
Era de esos momentos que, en tu cabeza, ya vienen con escena incluida:
salón lleno, gente parada, firmas, fotos… validación.
Y ahí fue donde cometí el error.
Me confié.
No invité a nadie directamente.
Mandé un par de correos… y listo.
Asumí que la gente iba a llegar.
El día del evento entré al salón…
y había menos de 20 personas.
Sillas vacías por todos lados.
Espacio de sobra.
Silencio incómodo.
De esos que no necesitas que nadie diga nada…
porque ya lo estás sintiendo todo.
Y sí… pega.
Porque no es la escena que te imaginaste.
No es el momento “épico”.
Por un segundo pasa por tu cabeza lo típico:
“¿Para esto vine?”
“¿Valió la pena?”
“¿Qué hice mal?”
Pero después entendí algo.
Ese no era un evento de 300 personas.
Era una conversación con 20.
Y entre esas 20 había algo que no se compra:
gente que ha estado.
gente que escucha.
gente que conecta.
Gente que no está por moda.
Está por convicción.
Ahí cambió todo.
Decidí hacer algo que no estaba planeado:
dar.
Dar de verdad.
No solo dar una buena presentación.
Darles mi energía.
Mi historia.
Mi mejor versión.
Y al final…
les regalé libros a todos.
No porque “tocara”.
No porque fuera estrategia.
Porque entendí algo en ese momento:
si ya estás ahí… das todo.
No negocias con el contexto.
No ajustas tu nivel al número de sillas ocupadas.
Das.
Y das completo.
En liderazgo pasa exactamente lo mismo.
Muchos líderes operan esperando:
más reconocimiento, más visibilidad, más respuesta.
Y cuando eso no llega… bajan el nivel.
Se protegen.
Se guardan.
Se administran.
Pero el liderazgo real no funciona así.
El liderazgo real empieza cuando dejas de preguntarte:
“¿Qué voy a recibir?”
y empiezas a operar desde:
“¿Qué voy a dar… incluso cuando no es perfecto?”
Porque cuando confundes liderazgo con popularidad,
solo das cuando hay aplauso.
Pero cuando entiendes liderazgo como impacto,
das… incluso cuando el salón está vacío.
Por eso en Elsner Leader Lab trabajamos este cambio de mentalidad:
de líderes que reaccionan al contexto…
a líderes que definen el contexto.
Porque no puedes construir algo relevante
si solo das cuando te conviene.
Pero también se vale aceptar algo:
si tu forma de liderar depende de cuánta gente hay en la sala,
de cuántos te aplauden,
o de cuántos te validan…
entonces no estás liderando.
Estás haciendo casting para La Casa de los Famosos.
Y de esos… hay muchos.
Líderes, no tantos.
NOTA IMPORTANTE
Ser jefe te da poder. Ser líder te da impacto.
Si quieres entender la diferencia y evitar errores que rompen equipos,
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