Decidir tu futuro cuando todavía no te conoces
Por Mario Elsner
Te acompaño al siguiente nivel de los negocios
Ojo…..
Hace unos días acompañé a mi hijo a su graduación de preparatoria.
Mientras observaba la ceremonia, los discursos y esa mezcla de emoción e incertidumbre que suele acompañar el cierre de una etapa, no podía dejar de pensar en algo que siempre me ha parecido extraño. En cuestión de semanas, muchos de esos jóvenes tendrán que tomar una de las decisiones que más impacto tendrá en su vida profesional, justo en el momento en que probablemente menos se conocen a sí mismos.
Porque basta con que alguien diga: “Necesito un año para descubrir qué quiero hacer con mi vida”, para que las alarmas se enciendan. Aparecen las preocupaciones, los consejos no solicitados y las advertencias sobre un futuro que supuestamente está en riesgo.
Y si eres una de esas anomalías que no siguió el camino tradicional y aun así tuvo éxito, te conviertes en la excepción. En el caso extraordinario. En la historia que todos admiran, pero que pocos se atreven a imitar.
Mientras tanto, la mayoría seguimos el mismo guion: terminamos la preparatoria, elegimos una carrera y empezamos a construir una vida alrededor de esa decisión. Como si a los diecisiete o dieciocho años ya tuviéramos suficiente información para saber quiénes somos, qué nos mueve, dónde están nuestros talentos o qué tipo de vida queremos construir.
Mirando hacia atrás, creo que la mayoría de nosotros sobreestimamos la importancia de esa elección.
No porque la universidad no importe. Claro que importa.
Lo que pasa es que con el tiempo descubrimos que la vida profesional rara vez sigue el plan original.
Yo estudié contaduría.
Y afortunadamente me di cuenta bastante rápido de que ese no era mi lugar.
No porque fuera una mala profesión. Tampoco porque la carrera estuviera equivocada. Simplemente descubrí que mis fortalezas, mis intereses y la forma en que quería aportar valor iban por otro camino.
Con los años he conocido ingenieros que terminaron liderando áreas comerciales, abogados que encontraron su lugar en recursos humanos, administradores que construyeron negocios tecnológicos y personas que hoy tienen carreras extraordinarias en campos que ni siquiera existían cuando entraron a la universidad.
Eso me hizo entender algo que me hubiera gustado saber mucho antes: el verdadero peligro nunca fue estudiar contaduría. Habría sido quedarme ahí durante décadas por orgullo, por miedo o por esa idea tan común de que cambiar de dirección significa tirar a la basura todo lo que has construido.
Porque muchas veces seguimos avanzando por inercia. Invertimos años sosteniendo decisiones que ya no nos representan simplemente porque sentimos que sería un desperdicio empezar de nuevo. Como si la experiencia acumulada desapareciera cada vez que decidimos tomar otro camino.
Y sin embargo, cuando pienso en las personas que más influyeron en mi desarrollo profesional, la universidad ni siquiera ocupa los primeros lugares.
Lo que realmente cambió mi vida fueron ciertos líderes, algunos jefes y varios mentores que aparecieron en momentos distintos. Personas que me ayudaron a ver cosas que yo todavía no veía. Personas que detectaron fortalezas que yo consideraba normales. Personas que hicieron preguntas que me obligaron a cuestionar supuestos que llevaba años arrastrando.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ninguno de ellos me dijo exactamente qué hacer, y quizá por eso terminaron siendo tan importantes en mi vida. No intentaron imponerme respuestas ni convencerme de seguir un camino específico. Más bien, me ayudaron a hacerme mejores preguntas: preguntas sobre quién era, para qué era bueno, qué me motivaba y dónde podía aportar más valor. Con el tiempo entendí que los mejores mentores no son los que te dicen hacia dónde ir, sino los que te ayudan a conocerte lo suficiente para encontrar tu propio camino.
Por eso cada vez estoy más convencido de que estamos enfocando mal la conversación sobre el talento joven. Seguimos obsesionados con ayudarles a elegir una carrera cuando, quizá, la pregunta más importante es ayudarles a descubrir quiénes son.
Porque cuando una persona entiende cómo piensa, qué la energiza, qué tipo de problemas disfruta resolver y dónde genera más valor, la carrera deja de ser una decisión definitiva y se convierte simplemente en una herramienta más dentro de un camino mucho más largo.
Y eso es particularmente importante en una generación que tiene acceso a más información que nunca, pero que muchas veces está saturada de respuestas antes siquiera de haber encontrado las preguntas correctas.
Y honestamente, eso me tranquiliza.
Quizá porque con el tiempo he descubierto que las personas que terminan encontrando su lugar rara vez son las que tenían perfectamente definido su futuro a los dieciocho años. Más bien suelen ser aquellas que conservaron la curiosidad suficiente para seguir cuestionándose, la humildad para cambiar de dirección cuando fue necesario y, en muchos casos, la fortuna de encontrarse con alguien que las ayudó a entender quiénes eran antes de decidir quién querían ser.
Tal vez por eso veo una responsabilidad distinta para los líderes modernos. Durante años pensamos que nuestra tarea consistía en desarrollar talento. Hoy sospecho que eso ocurre después. Primero hay que ayudar a descubrirlo.
Mi hijo encontrará su camino, como lo hemos encontrado la mayoría: avanzando, equivocándose algunas veces, cambiando de opinión otras tantas y haciéndose preguntas que probablemente hoy todavía no tienen respuesta.
Y quizá eso no sea un problema.
Quizá así es exactamente como debe ser.
Mario
PD: Quizás el talento joven necesita menos expertos diciéndole qué estudiar y más mentores ayudándolo a descubrir para qué puede llegar a ser extraordinario.
Nota Importante
No todos deberían leer este libro.
Solo los que sí quieren dejar de ser percibidos como jefes:


